La Jamais Contente: el primer coche que pasó de 100 km/h

Camille Jenatzy a bordo de La Jamais Contente, el coche eléctrico que superó los 100 km/h en 1899

Los 100 km/h los pasó un eléctrico. Ocurrió en 1899, en una llanura al noroeste de París, y lo hizo un belga de barba roja sentado en lo alto de un torpedo con ruedas. Si alguien te suelta que el coche eléctrico es cosa de ahora, ponle delante esta historia. El primer automóvil que superó esa barrera no llevaba cilindros. Llevaba baterías.

Se llamaba La Jamais Contente, «La Nunca Contenta». Un sábado, el 29 de abril de 1899, cubrió un kilómetro lanzado en 34 segundos. Haz la cuenta: 105,88 km/h. Esa cifra es todo el récord, y nadie se la quitó durante casi tres años.

Cuatro meses de pelea a pie de carretera

El primer récord de velocidad en tierra que se anotó en la historia lo firmó un eléctrico. Fue el 18 de diciembre de 1898 en Achères, a las afueras de París, en una prueba organizada por la revista La France Automobile. El conde Gaston de Chasseloup-Laubat, al volante de un Jeantaud eléctrico, cubrió un kilómetro lanzado en 57 segundos. Eso son 63 km/h.

El conde Gaston de Chasseloup-Laubat en su Jeantaud eléctrico en Achères, marzo de 1899

Conviene entender qué es un kilómetro lanzado. El coche entra en la recta ya a velocidad y lo que se mide es el tiempo que tarda en recorrer mil metros. No cuenta la arrancada ni el esfuerzo de llegar hasta ahí. Cuenta lo rápido que pasas por la línea. Es un récord de punta, y eso lo hace limpio: o pasas rápido o no pasas.

Mira quién se enfrentaba. De un lado, un conde francés. Del otro, el hijo de un fabricante de caucho belga. La nobleza contra la industria, y los dos con enchufe en lugar de tubo de escape. Los dos récords que abren y cierran esta historia, el de diciembre de 1898 y el de abril de 1899, se fijaron en el mismo sitio, el parque agrícola de Achères, al noroeste de París.

Camille Jenatzy no se quedó mirando. El 27 de enero de 1899 subió la cifra a 80,35 km/h a bordo de un dog-cart. El conde contestó el 4 de marzo con más de 92 km/h. En menos de tres meses, la marca había pasado de 63 a más de 92. Dos hombres, una recta de Achères y una cifra que cambiaba de dueño cada vez que uno de los dos perdía la paciencia.

Jenatzy hizo entonces lo que hace quien quiere ganar de verdad. Dejó de perseguir el récord con una carrocería convencional y construyó un coche pensado para romper esa cifra. Aquello era un proyectil con ruedas.

El belga al que llamaban el Diablo Rojo

Camille Jenatzy nació en Schaerbeek, en Bruselas, en 1868. Era hijo de Constantin Jenatzy, un fabricante de caucho que había montado su negocio en 1865. Camille se formó como ingeniero electricista. Lo conocían como «le Diable Rouge», el Diablo Rojo, por la barba.

No era un aficionado con un capricho. En 1898 había creado en París una compañía de fiacres eléctricos, la Compagnie Générale des Transports Automobiles, sistema Jenatzy, con base en Boulogne-sur-Seine. En septiembre de 1898 sus coches empezaron a dar servicio en la ciudad, en el hueco que dejaban los coches de caballos. Piénsalo un segundo. El hombre que pasó de 100 km/h con un eléctrico ya tenía taxis eléctricos rodando por París antes de hacerlo.

Un torpedo con cuatro ruedas

Lo primero que llamaba la atención de La Jamais Contente era la silueta. La carrocería tenía forma de obús, de torpedo, y estaba hecha con partinium, una aleación ligera de aluminio, tungsteno y magnesio. La construyeron Léon Auscher y Edmond Rheims, de la casa de carroceros Rothschild & Fils, y la ficha del museo que hoy guarda el coche resume lo que buscaban: aerodinámica y una carrocería aligerada con aluminio. Las cuatro ruedas eran del mismo tamaño, de diámetro reducido, calzadas con neumáticos Michelin.

Debajo, dos motores Postel-Vinay de 25 kW cada uno. La energía salía de baterías Fulmen, y esas baterías pesaban casi la mitad del coche. La mitad de lo que se movía era depósito de energía.

Un detalle más, y aquí conviene ser serio. Ni el peso total del coche ni su potencia real están claros. Abre cuatro fuentes y salen cuatro cifras distintas, con diferencias de cientos de kilos. Por eso no te las voy a dar. Un coche que lleva más de un siglo en los libros de récords y las fuentes todavía no se ponen de acuerdo en cuánto pesaba.

El puesto de conducción tiene su gracia. El piloto iba sentado en lo alto, al aire, sobre un chasis abierto, y eso le restaba aerodinámica a la carrocería. Tampoco había un volante como el que conoces. Se manejaba con una palanca. Un torpedo, un hombre arriba sin protección alguna y una palanca en la mano. Así se pasó de los 100 por primera vez.

El 31 de marzo, la prueba que no cuenta

Jenatzy probó el coche por primera vez en una tentativa de récord el 31 de marzo de 1899. Aquel intento no se homologó, por un problema con la medición del recorrido. No hay épica en eso, y precisamente por eso me gusta. Los récords no solo se rompen: se miden como mandan las reglas, y si la medición falla, la hazaña no existe.

Pasaron casi cuatro semanas hasta que volvió a intentarlo.

El 29 de abril: treinta y cuatro segundos

El 29 de abril de 1899, en la llanura de Achères, Jenatzy lanzó el coche por el kilómetro cronometrado. Tardó 34 segundos. Divide los 3.600 segundos de una hora entre 34 y sale 105,88 km/h. Cada segundo, casi 30 metros. El récord anterior, el del conde, estaba en más de 92 km/h.

La Jamais Contente en Achères el 29 de abril de 1899, el día del récord de 105,88 km/h

Mira lo que pasó en el reloj. El 18 de diciembre de 1898, el kilómetro lanzado se había cubierto en 57 segundos. Cuatro meses y once días después, en 34. Veintitrés segundos menos. Una velocidad un 68 % mayor que la del primer récord de la historia, en el mismo sitio.

Fue el primer automóvil que superó los 100 km/h. Y fue eléctrico.

La derrota llegó en vapor

Aquí viene lo que casi nadie cuenta. A Jenatzy no le quitó el récord un coche de gasolina. Se lo quitó un coche de vapor. El 13 de abril de 1902, en la Promenade des Anglais de Niza, Léon Serpollet alcanzó 120 km/h con el Œuf de Pâques, el «huevo de Pascua», un coche de vapor de forma ovoide. Fue el primer conductor de un coche no eléctrico en tener el récord de velocidad en tierra. Sacó 120 km/h frente a los 105,88 de Jenatzy. Un 13 % más. Tres años después, la diferencia era esa.

Léon Serpollet en el Œuf de Pâques de vapor en Niza, el 13 de abril de 1902

Léelo otra vez. Desde el primer récord, el 18 de diciembre de 1898, hasta abril de 1902, todos los récords absolutos de velocidad en tierra fueron eléctricos. Y el que cortó esa racha no llevaba gasolina. Llevaba una caldera. El motor de combustión que hoy se vende como el orden natural de las cosas ni siquiera fue el primero en quitarle el trono al eléctrico.

Después del récord

Jenatzy no se casó con el eléctrico. Era piloto, y fue donde estaba la carrera. El 2 de julio de 1903 ganó la Copa Gordon Bennett en Athy, Irlanda, al volante de un Mercedes de 60 CV, un coche de gasolina. Salieron doce coches, tres por país: Alemania, Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Jenatzy, belga, corría con el equipo alemán. Tardó 6 horas y 39 minutos, a una media de 79,2 km/h. El mismo que un día había pasado los 100 km/h con baterías se llevó aquella copa con un motor térmico.

Pon los dos números juntos. En una carrera de más de seis horas, 79,2 km/h de media. En un kilómetro de recta francesa, cuatro años antes, 105,88. El récord fue un sprint con baterías y la victoria fue una paliza de resistencia con gasolina. Ganó las dos cosas, con motores distintos.

Murió en diciembre de 1913 durante un accidente de caza, en las Ardenas belgas. El récord le duró casi tres años. El coche le ha durado más que a él: sigue existiendo.

El coche que acabó en un museo gracias a la marca de sus baterías

La Jamais Contente sobrevivió. En 1933 entró en el museo de Compiègne mediante una donación conjunta: la de la sociedad Fulmen, la empresa de las baterías, y la de la viuda de Camille Jenatzy. Hoy está en el Musée national de la Voiture, en el Château de Compiègne, en Francia.

La Jamais Contente expuesta en el Musée national de la Voiture, en el Château de Compiègne

Piensa en la secuencia. Una empresa que fabricaba baterías las puso en un coche que rompió una barrera histórica, y treinta y cuatro años después ayudó a que ese coche acabara en un museo nacional. La ficha oficial del museo enumera los materiales sin pretensiones: aluminio pintado, cobre, latón, metal, moleskine, madera y caucho. Una lista de taller, para el coche que fue el más rápido del mundo. Existen réplicas, entre ellas una funcional que se construyó en 1993, pero el original está en Compiègne.

¿Por qué «Jamais Contente»?

El nombre es un misterio a medias. Se discute de dónde sale. Hay quien lo atribuye al perfeccionismo de Jenatzy, que nunca se daba por satisfecho, y quien lo atribuye al carácter de su mujer. Ninguna de las dos versiones está confirmada, y por eso no te voy a vender ninguna como si lo estuviera. Sí sé una cosa: el nombre encaja con una historia en la que la cifra de cada récord duraba justo hasta que el rival respondía.

Casi cuatro veces más, 123 años después

El 29 de abril de 1899, un eléctrico firmó 105,88 km/h. En noviembre de 2022, el Rimac Nevera, un eléctrico de serie con cuatro motores y 1.914 CV, alcanzó 412 km/h en el circuito de Papenburg, en Alemania, con Miro Zrnčević al volante. Son casi cuatro veces más. Hay un detalle curioso en las gomas: el Nevera hizo esa marca con neumáticos Michelin Pilot Sport Cup 2R de calle, y La Jamais Contente también rodaba sobre Michelin. La misma marca, 123 años de por medio, y un eléctrico en cada punta. Pero ojo con la comparación. La Jamais Contente era un coche único, construido para una recta. El Nevera es un coche de producción. Y la distancia entre un coche y otro, en potencia, es de otra galaxia: dos motores de 25 kW frente a más de 1.900 CV.

Con todo eso, la velocidad nunca fue el problema del eléctrico. Se la dieron el primer día. La Jamais Contente cargaba casi la mitad de su peso en baterías, y más de un siglo después la discusión sigue siendo cuánto pesan y cuánto tardan en cargarse. Cambian las cifras. La pregunta es la misma.

Por eso me revienta que se cuente esta historia como una anécdota simpática de pioneros. Un eléctrico tuvo el récord de velocidad en tierra antes que cualquier coche de gasolina o de vapor. Quien te venda el eléctrico como una moda de ahora no ha abierto un libro. Y quien te lo venda como la solución a todo tampoco, porque el problema que tenía La Jamais Contente en 1899 sigue sentado en el mismo sitio.

Esta pieza va de la mano de la editorial sobre la era olvidada del coche eléctrico y de nuestro artículo sobre el Rimac Nevera R. La Jamais Contente es el hilo que une las dos: el eléctrico que fue el más rápido del mundo en 1899 y, 123 años después, los 412 km/h que Rimac anunció como récord mundial para un eléctrico de serie.

¿Y tú, sigues creyendo que esto es nuevo?

Desconecta y disfruta.

Imágenes: Jules Beau, 1899 (BnF Gallica, dominio público) · Le Sport universel illustré, 1899 (dominio público) · La Vie au Grand Air, 1899 (dominio público) · La Vie au Grand Air, 1902 (dominio público) · Afernand74, Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)

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