BMW i3: el eléctrico más radical de su época, y BMW se echó atrás

BMW construyó el coche eléctrico más radical de su tiempo. Un utilitario de fibra de carbono, con arquitectura diseñada desde cero, fabricado con energía hidroeléctrica y con un motor de moto de repuesto por si te quedabas sin batería. Iba años por delante de todos. Y entonces BMW dio marcha atrás: lo retiró sin heredero de su concepto y se volvió a la casilla que usaban todos, meter baterías dentro de coches de gasolina ya existentes.

El i3 no fracasó. Vendió 250.000 unidades en nueve años, en más de 74 países, y tiene club de fans. Lo que pasó es otra cosa: BMW lo retiró tras 250.000 unidades, con una comunidad de usuarios fiel, sin convertirlo nunca en una familia de modelos. Esta es la historia de la mayor oportunidad que un fabricante premium tuvo en el coche eléctrico, y de cómo no supo exprimirla.

La apuesta que rozaba la locura: fibra de carbono para todos

Para entender la magnitud de lo que hizo BMW hay que recordar una cosa: hasta el i3, la fibra de carbono en un coche era cosa de superdeportivos de medio millón de euros, porque había que fabricarla a mano, pieza a pieza, a un coste prohibitivo. BMW decidió meterla en un utilitario de ciudad. Y no como adorno: como esqueleto.

El i3, presentado como concepto en el Salón de Fráncfort de 2011 y lanzado en 2013, se construía sobre una arquitectura inventada para él, la LifeDrive. Dos módulos separados. El módulo Life era la célula de pasajeros, hecha entera de plástico reforzado con fibra de carbono (CFRP). El módulo Drive era un chasis de aluminio que integraba la batería, el motor, la suspensión y buena parte de las estructuras de absorción de impactos. Fue el primer coche eléctrico de gran producción que usó una célula de pasajeros de fibra de carbono como elemento estructural principal, y una de las primeras arquitecturas de serie diseñadas desde el principio alrededor de un sistema eléctrico, sin adaptar una plataforma pensada para un motor térmico.

¿La ventaja? Sin túnel de transmisión y con el suelo plano, el i3 ofrecía un habitáculo muy amplio para sus dimensiones exteriores. Y la fibra de carbono compensaba el peso de las baterías. BMW resolvió con ingeniería de vanguardia el problema que hoy todos siguen arrastrando a base de baterías cada vez más grandes y coches cada vez más pesados. Además, BMW afirmaba que la arquitectura y los procesos de unión de la célula de carbono permitían reducir aproximadamente a la mitad determinados tiempos de fabricación frente a una estructura convencional.

El eléctrico «verde» cuya etiqueta sí se sostenía

Aquí va un dato que debería avergonzar a media industria del eléctrico. La fibra de carbono del i3 se producía en una planta en Moses Lake, en el estado de Washington, alimentada al cien por cien con energía hidroeléctrica local. Carbono cero en el material más difícil de fabricar del coche. Luego se procesaba en Wackersdorf (Alemania) y la piel exterior se hacía en Leipzig.

Y no se quedaba ahí. BMW incorporaba material reciclado en parte de la fibra de carbono y reutilizaba los recortes de producción: el techo, por ejemplo, se fabricaba con sobrantes de otras piezas. El interior usaba madera de eucalipto de cultivo responsable y fibras naturales. Que nadie lo confunda con impacto cero —los adhesivos, el aluminio, la batería y el transporte también cuentan—, pero, mientras el resto del sector vendía «coches limpios» que salían de fábricas alimentadas con carbón y cadenas opacas, el i3 fue uno de los eléctricos de gran producción cuyo discurso ambiental estaba mejor respaldado por decisiones concretas de fabricación. Y en un mundo lleno de postureo climático, eso no es poca cosa.

El coche que se conducía como un BMW de verdad

Debajo de la rareza había un BMW. Motor trasero, propulsión trasera, unos 170 CV en la versión normal y 184 en el i3S deportivo que llegó después, con vías más anchas y suspensión rebajada. Una sola marcha, par instantáneo y un centro de gravedad bajísimo por la batería en el suelo. Ágil, rápido en ciudad, divertido. Las puertas traseras se abrían al revés y, al abrirse junto a las delanteras, dejaban un acceso amplio y visualmente sin pilar central, un guiño de diseño que hacía del acceso algo teatral.

Conviene situarlo entre sus contemporáneos, porque ahí se ve lo raro que era. Cuando el i3 salió en 2013, sus rivales eléctricos eran el Nissan Leaf y el Renault Zoe: coches de carrocería convencional, de acero, con planteamientos de «coche normal electrificado». El i3 jugaba en otra liga tecnológica, con materiales y arquitectura que ninguno de ellos se atrevía a tocar. Costaba más, sí, y esa fue una de sus pegas reales. Pero no era un Leaf con pretensiones: era, sencillamente, otra cosa. Nació además en pareja con el i8, el deportivo híbrido con puertas de tijera que compartía la misma filosofía de fibra de carbono. Los dos formaban la submarca «i», el laboratorio con el que BMW quiso demostrar que sabía reinventar el coche. El i8 era el escaparate glamuroso; el i3, el que de verdad llevaba la revolución a la calle, al día a día, al parking del supermercado.

El motor de moto escondido en el maletero

El detalle más excéntrico del i3, y el que más gente ha olvidado, es el range extender. Desde el lanzamiento, junto a la versión puramente eléctrica, BMW ofreció una variante REx que llevaba escondido un bicilíndrico de gasolina de 647 cc, unos 34-38 CV según versión, derivado de la familia de motores del scooter BMW C650 y reconstruido en colaboración con la taiwanesa Kymco. No movía las ruedas: generaba electricidad para mantener la batería y ampliar el radio de uso cuando quedaba poca carga, aunque la potencia máxima seguía dependiendo de la batería. Podía elevar la autonomía total del conjunto hasta unos 240 kilómetros en las primeras versiones, con cifras que variaban según batería, ciclo de homologación y mercado.

Era una solución brillante y torpe a la vez. Brillante porque atacaba de frente la ansiedad de autonomía de 2013, cuando cargar un eléctrico en carretera era una aventura. Torpe porque añadía peso, complejidad y un depósito de gasolina a un coche que se vendía como el futuro sin humos. En Estados Unidos, además, la clasificación del coche como eléctrico de autonomía extendida y el sistema de créditos ZEV de California llevaron a limitar por software el depósito para que el REx no pudiera usarse como un híbrido normal: una calibración reglamentaria, no un fallo. Un parche sobre un parche, si se quiere, pero muy a lo BMW: la respuesta de un ingeniero a un problema real.

Las pegas, que las tenía

NEB no hace la pelota, ni siquiera a los coches que le caen bien. El i3 tenía defectos de verdad. La primera batería tenía 22 kWh brutos, unos 18,8 utilizables: BMW anunciaba hasta 190 km NEDC, mientras que la EPA estadounidense homologaba una cifra cercana a los 130 km, que en la vida real se quedaban en menos. BMW la fue subiendo con los años, a 33,2 kWh brutos en 2016 y a 42,2 en 2018, hasta unos 307 km WLTP y alrededor de 246 km EPA en determinadas configuraciones de la última versión. Pero el coche nació corto. Los neumáticos, estrechísimos para reducir resistencia, tenían un aspecto de bicicleta que a mucha gente le echaba para atrás. El precio, de utilitario por fuera y de premium por dentro, espantaba a quien solo veía el tamaño. Y el range extender, por más ingenioso que fuera, era el reconocimiento tácito de que la autonomía no llegaba.

Nada de esto invalida el coche. Pero conviene decirlo, porque parte del cariño que despierta el i3 hoy hace olvidar que en su día no era una compra evidente. Era un coche de nicho, caro y valiente, para gente que compraba una idea tanto como un vehículo.

El abandono: 250.000 coches y ni un sucesor

Y aquí llega la parte que convierte una historia de audacia en una de repliegue. En octubre de 2021, superadas las 200.000 unidades, BMW confirmó que lo retiraba. El último i3 salió de la fábrica en julio de 2022, unos nueve años después del primero, con 250.000 unidades fabricadas. Leipzig se preparó para una nueva etapa con modelos BMW y MINI, reutilizando las competencias y la plantilla del i3, pero el coche terminó su ciclo sin un heredero directo de su fórmula: utilitario compacto, célula de CFRP, motor trasero y arquitectura LifeDrive. Ya en 2017 BMW había cancelado el tercer modelo propio de la familia «i» para centrarse en electrificar su gama de gasolina.

En su lugar, BMW abandonó la lógica radical del i3 en buena parte de su gama y pasó a combinar plataformas flexibles con eléctricos más específicos. El i4, el i5 y el primer iX3 —fabricado en China y derivado de la arquitectura del X3— compartían más con sus hermanos de combustión que el i3; el iX, en cambio, se diseñó con bastante más libertad eléctrica. Pero nada de aquello recuperó lo que el i3 tenía de rompedor: la célula de carbono, la fábrica de fibra hidroeléctrica, el formato pequeño y la plataforma dedicada a medida.

La marca lo vendió como un final feliz. El discurso oficial vino a decir que la submarca «i» ya estaba establecida, que el i3 había cumplido su misión de abrir camino y que tocaba pasar página. La lectura de NEB es menos amable: BMW tenía la plataforma más avanzada de la industria tradicional y prefirió aparcarla y volver a lo seguro.

Y el coste de ese repliegue se puede medir. Entre 2018 y 2022, mientras Tesla vendía Model 3 a millones y se comía el segmento premium eléctrico, BMW llegaba tarde con coches competentes pero convencionales, sin nada que se pareciera a la radicalidad del i3. La experiencia que había acumulado en materiales, integración industrial y diseño dedicado no se tradujo en una familia. Y aquí está el giro más irónico: el nombre i3 ha vuelto. Desde agosto de 2026 BMW produce en Múnich un i3 nuevo, el segundo modelo de la Neue Klasse tras el iX3, con arquitectura dedicada, sistema de 800 voltios y batería de sexta generación. Pero no es el heredero conceptual de aquel pequeño utilitario de carbono: abandona la célula de CFRP y la obsesión por el peso para convertirse en el equivalente eléctrico del Serie 3. BMW tardó más de una década en volver a una familia eléctrica dedicada con vocación de columna vertebral de la gama, y cuando lo hizo, le colgó al proyecto el nombre de su pasado más valiente.

El alegato

Aquí va la lectura de NEB, con el crédito y el cuchillo donde tocan.

El i3 fue el coche eléctrico más valiente que ha hecho un fabricante generalista premium. Se adelantó años a todos en arquitectura, en materiales y en sostenibilidad respaldada por hechos, lo hizo funcionar y lo vendió durante nueve años. No fue un experimento fallido: fue la prueba de que un gigante tradicional podía reinventar el coche desde los cimientos si tenía agallas.

Seamos justos: la LifeDrive y la célula de carbono eran revolucionarias, pero también caras, difíciles de escalar y demasiado específicas para un mercado que empezó a pedir SUV, autonomía y precios más bajos. BMW pudo decidir con lógica que aquella arquitectura no valía para todos los segmentos. El reproche de NEB no es que la aparcara, sino que no reutilizó lo suficiente lo que había aprendido —materiales, integración, diseño dedicado— para construir una familia. Tuvo una ventaja de años sobre la industria tradicional, una ventaja que Tesla habría matado por tener, y la guardó en un cajón en vez de convertirla en gama.

El i3 no es la historia de un eléctrico raro que no cuajó. Es la historia de una empresa que demostró que podía reinventar el coche de arriba abajo y luego no convirtió esa demostración en una familia: la guardó, la dejó envejecer y después reutilizó su nombre para una berlina mucho más convencional. BMW no perdió la tecnología del i3. Perdió la valentía de insistir en ella.

Desconecta y disfruta.

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